domingo, 4 de mayo de 2025

Todo un ciclo

Han tenido que pasar 11 años, todo un ciclo, para que vuelvan a coincidir el día de la madre, el primer domingo de mayo y el 4 de mayo, el día de la muerte de nuestro segundo hijo. Nahián, que así se sigue llamando pese a que el médico que lo mató por negligencia médica haya sido condenado en primera y segunda instancia, dos veces, de forma muy contundente, pese a que en las sentencias no se ahonde en cómo murió, pese a que no se diga que también me estaba dejando morir desangrada por hemorragia pese a que lo negó tres veces, como Judas.


Sigue en nuestro corazón pese a que llegase una Doña jueza ejecutora de las sentencias firmes y decidiese aplicarle un artículo que no merecía y cuyos requisitos no cumple ese señor, para otorgarle 5 años más de gracia, aparte de los 7 que ya habían transcurrido desde su muerte.

Querido hijo, tu verdugo, y el de ■ ■ ■  que yo sepa, se llama Emilio Santos Leal. Vaya apellidos se trajo para matarnos. No quisieron saber los jueces de ■ ■ ■  a sus manos, uno de ellos con la misma técnica prohibida que usó contigo, una kristeller, un apretón brutal por sorpresa desde atrás, en toda mi tripa, que me dejó colgando entre sus brazos, y a ti sin oxigeno en cuanto se desprendió la placenta por tremendo ataque, aplastada por tu cuerpo al hacer tanta presión de un golpe en medio de mi barriga. Pretendía sacarte como si fueras un corcho tapando un tubo de pasta de dientes. Sin pensar en nada más, cuando sólo hacía falta un ligero toque con un dedo para desatascarte el hombro, como hizo cuando ya era demasiado tarde. Como demasiado tarde y sin ninguna convicción, como de juguete, te hizo una reanimación ridícula, sin apoyarte en ningún sitio firme, unos pocos minutos, sin aparataje de reanimación, sólo por cumplir. No tenía puesta la determinación en ello, sólo le podía la culpa y el miedo, porque sólo tres meses antes ■ ■ ■ ■ ■ ■   sus manos de nuevo negligentes, y sólo le preocupaba lo que le pasara a él. Tal como se lamentaba dando casi cabezazos en la pared, mientras me desangraba y tú yacías muerto entre mis brazos, diciendo “¿por qué me pasa esto a mi?, ¿por qué me pasa esto a mí?”

Tendré que tapar las palabras que no le constan a los jueces. Pero en su conciencia seguirán toda su vida. Y nosotros siempre lo sabremos pese a que me contestó pocos meses antes que no había tenido ningún resultado  , diciéndolo de otro modo, que no había tenido complicaciones irresolubles en sus partos. Así lo anunciaba en su web de entonces. Mentía. Me mintió. Si hubiera sido honesto ese día, yo hubiera salido corriendo de la consulta y tal vez hoy estarías vivo.





Tal vez, mi querido hijo, nunca se hará justicia con tu muerte y con casi la mía. Llegué en helicóptero al hospital con una hemoglobina de 11. Doy gracias a la vida por tener las fuerzas de sobrevivir sana a ese estado. Casi se queda en el mismo día sin hermano y sin madre tu hermana mayor.

No ha cumplido el negligente, por obra y gracia de ”la justicia”, ni un solo día de inhabilitación, ni un euro de compensación por los miles de euros que nos vimos obligados a gastar en abogados pese a que la instrucción del caso se inició y se siguió de oficio, ni un día de prisión por aquello de que no les constan los antecedentes de forma oficial.

Quien sabe qué ocurrirá cuando se acabe ese plazo, pues varias veces me ha llamado intentado un perdón, un acuerdo, una absolución. Pese a que en la primera cita para declarar en sede judicial no pude ir y le dije a mi abogada que le ofreciese acabar con aquello a cambio de nada, con tal de no tener que volver a revivir tu muerte delante de un juez y con él en el asiento detrás a mi derecha, sin ni medio biombo que me tapase su horrenda expresión, pese a haberlo pedido.

No hay clemencia para las víctimas. Toda es para los verdugos, para los negligentes, para los que no tienen ni seguro médico, para los que se olvidan la oxitocina en casa, o el maletín, cuando van a los partos porque sólo tienen cabeza para lo que tienen más arriba de los pies.



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